El Viernes Santo es una fecha simbólica muy importante para la Iglesia católica al cubrir con tela morada todas las imágenes de Jesús, especialmente las que muestran el crucifijo, con la finalidad de reflexionar y conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
El Viernes Santo representa el sexto día de la Semana Santa que se recuerda la crucifixión y muerte de Jesús de Nazaret, siendo el acto final para el perdón de los pecados de la humanidad, según lo interpreta la Iglesia católica y cristiana.
El Viernes Santo se celebra después del Jueves Santo y antes del Domingo de Resurrección o de Pascua, la Iglesia católica manda a sus fieles como penitencia a guardar ayuno y abstinencia de carne.
Este día la Iglesia no celebra la Eucaristía y ningún sacramento, a excepción de la Reconciliación y de la Unción de los Enfermos.
Como parte de la celebración religiosa en este día, siguiendo una antigua tradición, en la capilla no se celebra la Eucaristía y sólo se adoradora la cruz.

El vestuario del sacerdote y el diácono es de ornamentos rojos, en recuerdo de la sangre derramada por Jesucristo en la cruz. Los obispos participan en esta celebración sin báculo y despojados de su anillo pastoral. Antes de iniciar la celebración, el templo se presenta con las luces apagadas, y de no ser posible, a media luz.

El altar se encuentra sin manteles ni adornos, mientras que a un costado de éste, ha de disponerse un pedestal para colocar en el la santa cruz que será ofrecida a veneración.

El comienzo de esta celebración se hace en silencio. El sacerdote se postra frente al altar con el rostro en tierra, recordando la agonía de Jesús. El diácono, los ministros y los fieles se arrodillan en silencio unos instantes. El sacerdote, ya puesto de pie, se dirige a la sede donde reza una oración colecta.